Okakura Kakuzō: La utilidad y el valor de lo que no está
En un mes en el que denunciamos los excesos destructivos de proyectos hiper-construidos en el desierto y celebramos la retirada de asfalto en nuestras ciudades, la sección n’entre líneas regresa a un texto clásico de 1906 que anticipó la ética del vacío: "El libro del té" de Okakura Kakuzō.
En sus reflexiones sobre el espacio y la estética taoísta y zen, Kakuzō formula una pregunta que la arquitectura occidental suele ignorar: ¿dónde reside la verdadera esencia de una estancia o de una ciudad?
Frente a la obsesión eurocéntrica por la masa, la fachada y el monumento, Kakuzō recupera la máxima del Tao Te Ching: "La utilidad del recipiente está en su vacío".
Leído desde los principios de n'UNDO, su pensamiento nos aporta tres claves de contención espacial:
El "No Hacer" como plenitud: La casa de té tradicional (Sukiya) es, en palabras de Kakuzō, la "morada de la fantasía" y la "morada de lo asimétrico". Se caracteriza por la ausencia total de ornamentos innecesarios o volúmenes impuestos. El arquitecto no busca deslumbrar con la forma, sino retirarse para que sea el habitante y la luz natural quienes completen el espacio.
El "Deshacer" lo redundante: Para Kakuzō, la belleza solo se alcanza cuando se elimina todo aquello que estorba a la contemplación y a la vida. Aplicado al urbanismo contemporáneo, este principio exige desmantelar la saturación de mobiliario, vallas y estructuras superfluas que ahogan la vida pública. Deshacer el exceso es la única forma de liberar el verdadero valor del suelo urbano.
El "Rehacer" desde la imperfección: La arquitectura que propone Kakuzō no le teme a la pátina, a la austeridad ni al paso del tiempo. Rehacer el espacio no significa reconstruirlo con materiales prístinos e industriales, sino cuidar la preexistencia respetando su lógica interna y su escala natural.
"La realidad de una habitación no se encuentra en el techo o en las paredes, sino en el espacio vacío delimitado por ellos."
Revisitar a Kakuzō a principios del siglo XXI es un recordatorio de humildad disciplinar. El papel del proyectista no es saturar el planeta de materia, sino tener la maestría de proteger y gestionar el vacío. El suelo no construido, el aire libre de obstáculos y el espacio en silencio no son ausencias de proyecto: son, en sí mismos, el proyecto más valioso.