The Line (NEOM), el espejismo del urbanismo totalitario
The Line se presenta como un salto hacia el futuro, pero su brillo es el de un espejismo. The Line lleva la ficción publicitaria al límite: un muro de espejos de 170 km en pleno desierto que promete alojar a 9 millones de personas. Una promesa que, bajo la mirada n’UNDO, revela más control que cuidado, más imposición que inteligencia territorial.
El “Hacer” por imposición
The Line ignora la premisa básica del No Hacer. Se interviene en un ecosistema desértico intacto mediante una megaestructura que corta rutas migratorias y fragmenta un territorio que hasta ahora había permanecido libre de infraestructuras. Es el Hacer llevado al extremo: una operación de tabula rasa que consume cantidades desorbitadas de materiales y energía desde el minuto cero. En lugar de fortalecer asentamientos existentes o rehabilitar lo que ya está construido, se impone un objeto monumental que no responde al lugar, sino a una narrativa de poder.
La falsa “Resta” del espacio
El proyecto se vende como un urbanismo que “preserva el 95% de la naturaleza”, concentrando la ciudad en una línea mínima. La supuesta Resta es una ilusión. Un muro de 170 km altera el viento, proyecta sombras permanentes y exige una maquinaria de mantenimiento descomunal. No se deshace la huella humana: se condensa hasta convertirla en una cicatriz irreversible. La naturaleza no se protege encapsulándola, sino evitando intervenir donde no es necesario.
La hiper‑tecnología como parche
The Line promete ser “carbono cero”, pero omite el coste energético de producir millones de toneladas de acero, vidrio y hormigón, así como el gasto continuo de desalar agua y climatizar un volumen cerrado en pleno desierto. En lugar de Rehacer desde la adaptación climática o la arquitectura vernácula, se propone una máquina de habitar dependiente de tecnologías que aún no existen a esa escala. Es urbanismo como producto de marketing, no como respuesta a las necesidades reales de quienes habitarían ese territorio.
En conclusión, The Line no es una solución a la crisis climática: es un monumento a la desmesura. Mientras el Urbanismo Esencial busca la mínima intervención para la máxima mejora, este proyecto apuesta por la máxima intervención para un beneficio incierto. Construir el futuro no puede significar destruir el presente, ni convertir el territorio en un escaparate tecnológico desconectado de la vida que dice querer albergar.