Varosha, la ciudad que el tiempo devolvió al territorio
Varosha, en la costa chipriota, fue durante años el escaparate del turismo de lujo mediterráneo. En 1974, un conflicto militar la congeló en el tiempo: hoteles, avenidas y playas quedaron sellados, detenidos en un instante que se ha prolongado casi cinco décadas. Lo que para la geopolítica sigue siendo una herida sin cerrar, para el urbanismo es un laboratorio involuntario donde observar qué sucede cuando la arquitectura queda a merced del territorio.
La reversibilidad del hormigón
Varosha demuestra que nada construido es definitivo. Sin mantenimiento —sin ese cuidado que reivindica nuestro Manifiesto— la arquitectura de los años 70 se deshace. El salitre, la vegetación y el clima han iniciado un Deshacer natural que revela una verdad incómoda: la construcción es solo un estado temporal del territorio. Lo permanente no es el edificio, sino la capacidad del entorno para reclamarlo.
El éxito del No Hacer (por omisión)
La ausencia humana ha permitido que especies desaparecidas, como las tortugas verdes, regresen a sus playas. La biodiversidad se ha multiplicado allí donde antes solo había explotación turística. Sin planificación, sin inversión, sin estrategia: simplemente dejando de intervenir. Varosha es una prueba empírica de que el territorio posee una capacidad de regeneración extraordinaria cuando se le concede espacio y tiempo.
El debate del Rehacer futuro
Con la apertura parcial de la zona surge una pregunta decisiva: ¿debe Varosha reconstruirse para recuperar un pasado idealizado, repitiendo los errores de la saturación turística, o puede convertirse en un ensayo de urbanismo mínimo, donde el vacío, la memoria y la renaturalización sean los verdaderos valores a preservar? Rehacer aquí no es volver a levantar, sino decidir qué merece permanecer y qué debe seguir deshaciéndose.
En definitiva, Varosha es un espejo incómodo para muchas de nuestras costas saturadas. Nos obliga a preguntarnos cuánto tardaría el territorio en curarse si dejáramos de intervenir. Su valor no reside en sus ruinas, sino en la lección de humildad y esperanza que ofrece: la naturaleza no espera nuestro permiso para recuperar lo que siempre fue suyo.